Si algún día escriben la mejor reseña del concierto de Kings of Leon, que digan que olía delicioso. Que recuerden las camisas a cuadros, los pantalones ajustados y las melenas alocadas; que recuerden, por favor, a esas rockeras hermosuras que reinaron esta noche con su paso musicalmente grunge. Que digan que ni la pestilencia de esta miserable ciudad, ni la lluvia llegaron a ser una molestia en este jueves de octubre.
Que pasaron desapercibidos los altos costos del alcohol y las entradas, mientras la mota burlaba burlona las revisiones de la entrada. Porque eso es lo que pasa en los conciertos y eso es lo que debe decirse. Que aconsejen que ingresar a la pista con dos caguamas en las manos es la mejor manera de rockear. Que al apagarse las luces el cielo se reduce a un domo y las gargantas se preparan para lanzar el grito.
Una buena crónica diría que 20 mil personas esperaban con ansia el inicio de KOL. La mejor confesaría, sin temor a la censura, que más vale orinar en un vaso de cerveza que perderse “Crawl”; que poco importa tirar el vaso, patearlo y derramar todo el orín en el suelo. Un verdadero cronista lo haría con maestría, sin salpicarse. Los verdaderos rockeros lo hacen, sin lamentarse. Porque así es un concierto. Porque así es la vida. Porque en la guerra y en el rock, todo se vale.
Que reproduzca el inicio de los golpes en la bataca, el arranque del rasgueo en la guitarra, las primeras notas vocales de Caleb. Que esas líneas se desgarren con “Be Somebody”. Que bailen y sacudan el bote con “Taper Jean Girl”. Que se vea el headbang con “Molly’s Chambers” y se deje todo en el coro de “California Waiting”. Que esas líneas intenten plasmar cómo el entorno se iluminó con ese cielo de estrellas telefónicas al escuchar “Revelry”. Que se cuente cómo se prendió –literalmente– la gente al escuchar el intro de “Sex On Fire”, uno de los mejores momentos de la noche.
Y si aquellos párrafos se acuerdan de mí, que no olviden la fascinación que sentí por esas rockeras hermosuras que reinaron esta noche con su paso musicalmente grunge; que recuerden, por favor, sus camisas a cuadros, sus pantalones ajustados, las melenas alocadas. Y recuerden que olían delicioso. Porque eso es lo que deben decir si algún día escriben la mejor reseña del concierto de Kings of Leon.
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