Entonces íbamos y veníamos del súper, de la Mega. Nuestra diversión era ver ofertas. Solo verlas. Rara vez comprábamos algo, alguna vez rentamos alguna película. Así era. Así éramos. A veces así soy...
Y caminábamos por tu calle. Nuestra calle. Veíamos a los gatos de los vecinos, lo recuerdo, jugábamos con ellos (¡bichito, bichito!); había el que nos hacía caso, y los que no los observábamos, veíamos sus gomitas, cómo comían excitados de las güiscas que les comprábamos. Era una casa nueva, y aún vacía, tenía un pequeño gato para ahuyentar a los roedores. No tenían qué comer y le compramos una lata de güiscas... y comía. Nosotros, tú y yo, lo contemplábamos tomados de la mano, abrazados. Juntos. Así éramos...
Y él daba vueltas...
Eran tres o cuatro calles las que tenía que pasar para llegar a tu casa. Era común encontrármelo: giraba enganchado a los mástiles que sostenían el rótulo de la calle; delgado, demacrado, enormes ojeras, mirada desviada, bien vestido, las suelas desgastadas de los bordes.
Y giraba... y daba vueltas.
Tú decías que ya había mejorado, que antes estaba peor, que tenía un problema mental y por eso giraba... y daba vueltas. Y cuando salíamos a comprar tu tamarindo, tu tutsi, mi coca de lata y mis panditas, él nos seguía, girando... y dando vueltas...
Y mientras él giraba... Tú y yo lo hacíamos.
Un día, cuando iba yo a verte, me dijo algo. No recuerdo qué. Él balbuceaba y sus palabras giraban... y daban vueltas. Vertiginosas. Inentendibles. Murmuraciones sin sentido. Cotilleo infinito. Plática errante.
Y giraba... y daba vueltas...
¿Qué me habrá dicho?
Estoy seguro. Confío. Tengo la certeza de que me dijo quién eras. Y no tu nombre, chava, sino "quién eres". Y no tu edad ni tu número telefónico, ni donde vives ni de cuál calzas, ni de cuál usas, sino quién eres... en mi vida. ¿Quién eres para mí? Y, gracias a Taz, a Spiderman y a Garfield, se quién eres. Sé qué eres.
Giro. Y doy vueltas... y vueltas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario